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El Amor Eterno de Dios: del Antiguo al Nuevo Pacto
Introducción
El Amor de Dios no comenzó en el Nuevo Testamento; atraviesa toda la Escritura. En el Antiguo Pacto se revela como amor leal (hesed), fiel y perseverante; en el Nuevo Pacto ese mismo Amor se manifiesta plenamente en la Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo (El Mesías).
A continuación, cada pasaje se enlaza con el siguiente para ver el “hilo rojo” de Su Amor eterno y cómo nos llama a responder.
Jeremías 31:3
“Desde lejos el Señor se le apareció: ‘Con Amor Eterno te he amado; por eso te he atraído con misericordia’.”
Punto de partida: el Amor de Dios no es pasajero ni condicional; es eterno y activo, Él nos atrae.
Éxodo 34:6–7
“Entonces pasó el Señor por delante de él y proclamó: ‘El Señor, el Señor, Dios compasivo y clemente, lento para la ira y abundante en misericordia y fidelidad; que guarda misericordia a millares, el que perdona la iniquidad, la transgresión y el pecado…’.”
Dios ata Su Nombre a Su carácter amoroso y fiel; Su justicia no cancela Su misericordia, y Su misericordia no niega Su justicia.
Deuteronomio 7:7–9
“No porque ustedes fueran más numerosos que todos los pueblos los amó el Señor… sino porque el Señor los amó y guardó el juramento que hizo a sus padres… Reconoce, pues, que el Señor tu Dios, Él es Dios: el Dios fiel, que guarda Su pacto y Su misericordia hasta mil generaciones a los que Le aman y guardan Sus mandamientos.”
El Amor de Dios no depende de nuestros méritos, sino de Su Pacto y fidelidad.
Salmo 103:8–14
“El Señor es compasivo y clemente… No nos ha tratado según nuestros pecados… Como un padre se compadece de sus hijos, así se compadece el Señor de los que Le temen. Porque Él sabe de qué estamos hechos; se acuerda de que somos polvo.”
El Amor del Padre considera nuestra fragilidad y provee compasión real.
Lamentaciones 3:22–23
“Las misericordias del Señor jamás terminan, porque nunca fallan Sus bondades. Son nuevas cada mañana; grande es Tu fidelidad.”
Su Amor no se agota en nuestras noches; amanece con fidelidad renovada.
Isaías 54:10
“Porque los montes serán quitados y las colinas temblarán, pero Mi misericordia no se apartará de ti, y Mi pacto de paz no será quebrantado—dice el Señor que tiene compasión de ti.”
Aun cuando todo se sacude, Su Amor permanece inamovible.
Oseas 11:1–4
“Cuando Israel era niño, Yo lo amé… Con cuerdas humanas los atraje, con cuerdas de Amor; y fui para ellos como los que alzan a un niño contra su mejilla…”
El Amor de Dios es tierno y cercano: Él nos levanta y nos enseña a andar.
Miqueas 7:18–19
“¿Qué Dios hay como Tú, que perdona la iniquidad…? Él tendrá otra vez misericordia de nosotros… Sí, arrojarás a las profundidades del mar todos nuestros pecados.”
El Amor eterno no solo conmueve: actúa para perdonar y desechar el pecado.
Salmo 136:1
“Den gracias al Señor, porque Él es bueno; porque para siempre es Su misericordia.”
La alabanza constante es la respuesta natural al Amor constante.
Todo esto se anticipó en figuras y sombras: el Cordero de la Pascua (Éxodo 12), la provisión sanadora en el desierto (Números 21:4–9) y el Siervo Sufriente (Isaías 53:4–6). Todo apuntaba al clímax del Amor en la Cruz.
Juan 3:14–21
“Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que sea levantado el Hijo del Hombre, para que todo aquel que cree, tenga en Él Vida Eterna. Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a Su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en Él no se pierda, sino que tenga Vida Eterna…”
El Antiguo Pacto señalaba; el Nuevo Pacto revela: el Hijo es la demostración suprema del Amor del Padre.
Romanos 5:5–11
“Y la esperanza no desilusiona, porque el Amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos fue dado… Dios demuestra Su Amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros… habiendo sido ahora justificados por Su sangre, seremos salvos de la Ira de Dios por medio de Él… habiendo sido reconciliados, seremos salvos por Su vida…”
El Amor del Padre se prueba en la Cruz, se aplica por el Espíritu y se disfruta en la reconciliación presente y la salvación futura.
1 Juan 4:9–10, 16
“En esto se manifestó el Amor de Dios en nosotros: en que Dios ha enviado a Su Hijo Unigénito al mundo para que vivamos por medio de Él. En esto consiste el Amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros y envió a Su Hijo como propiciación por nuestros pecados… Dios es Amor, y el que permanece en Amor permanece en Dios y Dios en él.”
El origen del Amor no está en nosotros; está en Dios que toma la iniciativa.
Efesios 2:4–7
“Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran Amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio Vida juntamente con Cristo… y con Él nos resucitó, y con Él nos sentó en los lugares celestiales en Cristo Jesús…”
El Amor eterno no solo nos perdona; nos traslada a una nueva posición y esperanza.
Tito 3:4–7
“Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y Su Amor hacia la humanidad, Él nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino conforme a Su misericordia, por medio del lavamiento de la regeneración y la renovación por el Espíritu Santo… para que… fuéramos hechos herederos según la esperanza de la Vida Eterna.”
El Amor de Dios obra por gracia, regenerando y adoptando.
Hebreos 9:12; 10:14
“[Cristo] entró una vez para siempre… habiendo obtenido eterna redención… Porque por una ofrenda Él ha hecho perfectos para siempre a los que son santificados.”
El Amor eterno produce una redención eterna por una ofrenda suficiente.
Romanos 8:35–39
“¿Quién nos separará del Amor de Cristo?… En todas estas cosas somos más que vencedores por medio de Aquel que nos amó… nada podrá separarnos del Amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.”
El Amor que nos salvó es también el Amor que nos guarda.
Juan 13:1
“Habiendo amado a los Suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin.”
El Amor eterno es perseverante: no se rinde con Sus hijos.
Romanos 6:22–23
“Pero ahora, habiendo sido libertados del pecado y hechos Siervos de Dios, tienen por su fruto la santificación, y como resultado la Vida Eterna. Porque la paga del pecado es muerte, pero la dádiva de Dios es Vida Eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.”
El Amor que perdona es el mismo que transforma: nos libra, nos santifica y nos conduce a la Vida Eterna.
Juan 3:3; 5–8; 11–19
“En verdad te digo que el que no nace de nuevo no puede ver el Reino de Dios… lo que es nacido del Espíritu, espíritu es… Porque de tal manera amó Dios al mundo…”
El nuevo nacimiento es la manera en que el Amor eterno nos hace partícipes de una vida nueva.
Romanos 10:8–13
“Cerca de ti está la Palabra… que si confiesas con tu boca a Jesús por Señor, y crees en tu corazón que Dios Lo resucitó de entre los muertos, serás salvo… porque: ‘Todo aquel que invoque el Nombre del Señor será salvo’.”
El Amor eterno se recibe con un corazón que cree y una boca que confiesa.
Efesios 5:1–2
“Sean, pues, imitadores de Dios como hijos amados. Y anden en Amor, así como también Cristo los amó y Se entregó a Sí mismo por nosotros…”
Quien ha sido amado, ama; quien fue alcanzado por Gracia, camina en Gracia.
Judas 21
“Consérvense en el Amor de Dios, esperando ansiosamente la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para Vida Eterna.”
El Amor eterno nos sostiene hoy y nos orienta hacia la esperanza final.
Cierre
Del Génesis al Apocalipsis, Dios muestra un Amor que promete, persigue, perdona y persevera. Ese Amor se reveló en el Antiguo Pacto y se consumó en el Nuevo Pacto por medio de Jesucristo.
Por eso, hoy podemos decir con certeza: “Nosotros amamos, porque Él nos amó primero” (1 Juan 4:19).
Nueva Biblia de las Américas (NBLA)
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